La charla de Jorgito

escrito-por

Adriana Isabel Moncayo Bravo

   Popayán, Cauca

Cuento la concersación de Jorgito

 

Todo empieza con la enfermedad de mi hermano Jorge David, el fumaba y tomaba mucho cuando era jovencito;  las malas amistades que consiguió en la universidad lo llevaron a ser un fumador.La vida para él se convirtió en vagancia; comenzó a faltar a clases y a llegar tarde a casa.  Esto causó que mis padres le riñeran constantemente, fue una situación bastante molesta para todos. Pasaron 3 semestres en los cuales, por su bajo rendimiento en el estudio, se aburría y cambiaba de carrera.  Hizo varios intentos en otros programas, pero el resultado seguía siendo el mismo.

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Luego de dos años comenzó a tomar conciencia de que no estaba yendo a ninguna parte e hizo un alto en su existencia; decidió cambiar el rumbo de su vida.  Un día cualquiera, estando en la casa, habló con mis papás y les dijo:

Papitos, soy consciente de que he actuado mal, pero voy a remediarlo, he tomado la decisión de no seguir perdiendo el tiempo con estos intentos en la Universidad;  voy a viajar a Bogotá, allá tengo algunas posibilidades de trabajo –  

Y así lo hizo, viajó a Bogotá a buscar nuevos horizontes; según nos contaba, comenzó a buscar trabajo y a vivir el calvario por el que pasan todas las personas que desean ocuparse en algo para subsistir.  Después de varios días de caminar por muchos sitios de la ciudad,  una luz se hizo en su camino;  gracias a los conocimientos adquiridos en Popayán en el campo de la computación, consiguió trabajo en un almacén de nuevas tecnologías.  A partir de ese momento su existencia empezó a cambiar. Pronto fue mejorando su vida y eran otros los aires que respiraba.  Mucho más animado empezó a comprar sus cosas personales y por supuesto, también a divertirse;  entonces, aparte del vicio del cigarrillo, comenzó también a consumir alcohol.  En cierta oportunidad conoció a una muchacha llamada Paola, de la que se enamoró  y con la cual, después de algunos meses de noviazgo, se casó. Los primeros años para ellos fueron felices, pero todas las distracciones que encontramos a diario en este mundo, hicieron que poco a poco se fuera alejando de Dios y  a olvidar la educación religiosa que mis papás le habían inculcado en la niñez.  Lo peor de todo era que su mal hábito con el cigarrillo lo había esclavizado.

Aun así, vivieron contentos durante algún tiempo con lo que Dios les dio, pero el hecho de estar en medio de una sociedad de consumo, hizo que la ambición y las ganas de tener dinero para comprar cosas, los dominaran y pensaran solamente en cómo obtener más y más ganancias.

Pasó algún tiempo y con el argumento de que la vida en Popayán es más tranquila y barata, mi hermano con su esposa, tomaron la decisión de regresar a Popayán.  Pasamos muchos ratos felices con él, nos visitaba frecuentemente, salíamos a pasear, nos divertíamos mucho y hacíamos muchas otras cosas que me traen bonitos recuerdos; pero la tragedia estaba por llegar a nuestra casa.

Jorge comenzó a quejarse de un extraño dolor en el pecho que le impedía caminar y lo asfixiaba.  Al principio no le dimos mucha importancia porque él padeció asma desde que cumplió los dos años de edad, pero ante el aumento de estos síntomas, decidió someterse a algunos exámenes.  Las cosas quedaron allí;  nadie volvió a hablar del tema, pero un día, en una de sus visitas, nos dio la triste noticia, los resultados de los exámenes no eran buenos, porque le habían detectado algunas células “malitas”, según nos dijo.  Nosotros comprendimos al instante de que se trataba, pero la reacción de todos nosotros al recibirla fue unánime, le dijimos que no se angustie, que todo saldría bien con el poder de Dios.

Lo que sucedió después de eso me hace llorar cada vez que lo recuerdo Jorge, aunque era solvente económicamente, había descuidado el tema de su seguro médico y no contaba con que lo iba a necesitar algún día.  Por su juventud creyó que la enfermedad nunca iba a tocar a su puerta, pero se equivocó.  Cuando se enteró de su cáncer de pulmón,  no supo qué hacer, y aparte de toda esa angustia, se le sumaba que no tenía su seguro médico y con una enfermedad como esa, que es considerada “de alto costo”, nadie se hacía responsable de su tratamiento.

Comenzó entonces el calvario para mis papás. Mi pobre madre caminaba días enteros buscando atención para mi hermano y en muchas ocasiones tuvo que humillarse e incluso, pedir de rodillas a los responsables de la asignación de citas médicas, que le concedieran una cita para él.  Así pasaban los días y mi hermano seguía peor, porque además de la tos, comenzó a presentar fiebres muy altas y su apetito disminuía cada vez más.

Él cumplió los 27 años estando ya enfermo. Como generalmente pasa, el cáncer comenzaba a hacer mella; había perdido mucho peso y cada vez estaba más delgado y demacrado. Mi mamá lloraba mucho por la situación y mi papá, aunque también se entristecía, se guardaba para sí todo este sufrimiento para darle fortaleza a la familia.

Llegó el momento en que los síntomas de la enfermedad casi no le permitían dormir; la toz era cada vez más fuerte y sus días los pasaba en cama y viendo televisión, que era de las cosas que podía hacer sin cansarse. Después de mucho andar y suplicar, por fin llegó la tan anhelada ayuda médica.  Mi mamá había logrado que una entidad de salud atendiera a mi hermano.  Esto fue un descanso, porque pensábamos que pronto vendría la curación y todo volvería a la normalidad; por lo menos, Jorge tendría ya alguna ayuda.

Cuando el dolor toca a nuestra puerta, es cuando los seres humanos volvemos nuestro rostro hacia Dios, y esta vez no fue la excepción, porque mi hermano comenzó a ver la vida de un modo diferente.  Él, que se  había convertido en un ser ambicioso y que le daba más importancia a las cosas materiales,  comenzó a acercarse a Dios. Su conversión fue tan radical que con mucho esfuerzo asistía a la Santa Eucaristía, casi a diario y aunque le costaba mucho esfuerzo era feliz comulgando.  Se apegó tanto al señor  a través de la iglesia que incluso se dedicó a hacer trabajos manuales (hacía denarios muy bonitos), con el fin de ayudar a la construcción y adecuación del templo, “La Divina Misericordia”.  Allí comulgando asiduamente, fortalecía poco a poco su fe;  una fe que lo envolvía a él y que nos contagiaba a todos. Cuando Jorge hablaba, se sentía esa fuerza que solo Dios en su infinita misericordia, les da a las personas que están con Él.

Después de varios días de tratamiento médico, comenzó una etapa dura con las sesiones de quimioterapia, a las que tuvo que someterse.  Las consecuencias de estos químicos en el organismo humano son muy fuertes, porque después de cada tratamiento con esta terapia se aumentaba el malestar general, el dolor y por supuesto, la caída del cabello no se hizo esperar.

Los últimos días de la vida de mi hermano se convirtieron en una lucha constante, pero el poder de Dios se hizo presente en la vida de Jorge, no solo con su conversión, sino también, en su entrega total a la voluntad del Señor.  En el momento en el que la enfermedad llegó a su etapa final, mi hermano se entregó totalmente y solo hacía cosas para agradarle a Él. Sabía que en cualquier momento iba a morir, pero esto no le importaba;  nos decía:

Yo me voy feliz, porque sé que estaré en un lugar hermoso, pero me preocupan ustedes – y agregaba: – Yo le doy gracias a Dios por haberme permitido buscarlo, encontrarlo y ponerme en paz con Él –

Mi hermano partió a su encuentro con el Señor un día 13 de septiembre, hace ya tres años, pero para nosotros como familia ha sido muy difícil aceptar esta situación. Cada mañana despierto pensando que todo fue un mal sueño, pero luego me encuentro con esta realidad que aun duele, pues su partida nos cambió la vida a todos;  solo nos queda el consuelo de que nuestro Padre Celestial perdonó todos sus pecados.  Tenemos la certeza de ello, porque lo premió dándole una tranquilidad admirable momentos antes de su muerte.  En uno de esos momentos llamó a mis papás y les dijo:

  • Por favor les pido que arreglen todo lo de mi funeral, cómprenme un lugar en “Jardines de Paz”. Debe ser un sitio desde donde se vea la iglesia y porque quiero que todo esté en orden para que ustedes no se ocupen de nada más”.

Y así dejó todo arreglado en ese parque cementerio y se fue feliz, partió sin ningún tipo de dolor, y con una sonrisa en sus labios.

Queda, de toda esta situación, la enseñanza sobre la infinita bondad de Dios, porque el siempre perdona y está ahí cuando tú lo necesitas. Él nunca se va de tu lado, Él es infinitamente misericordioso, compasivo y generoso.  Por eso, nosotros debemos estar siempre listos a perdonar, sin importar cuánto nos lastimen;  así lo hizo Jesús con los que lo crucificaron, así lo hizo Dios con mi hermano y así debemos hacerlo nosotros con nuestros semejantes.

Fin

 

 

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