QUEJARNOS

escrito-por

Ana María López Ramón

Socióloga

Universidad de Antioquia

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Quejarnos es un placer que acompañamos con una buena taza de café, 2 de azúcar y tarta de maní. En la mesa, las noticias abren el día sin novedad alguna más que nuestra imperante necesidad de quejarnos. Sí, quejarnos. Porque siguen talando árboles, la basura sigue río abajo y los animales escondiéndose de otros más perversos.

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Devoramos el periódico con un hambre descomunal, la misma que insta a pensar que odiamos el trabajo, madrugar es un acto tedioso que amenaza con ahogar nuestra tímida sonrisa, esa que aflora una vez al mes y los 5 días de la semana nunca son suficientes para terminar. El fin de semana hay que trabajar mientras otros disfrutan plácidamente su cama hasta las 10 de la mañana.

Ahora nos quejamos porque está de moda ejercitarse, salir a correr es aburridor, pero es fácil y hay que hacerlo para evitar repetir las palabras del mes pasado: si hubiera corrido todos los días, ahora el bikini me quedaría fabuloso.

Luego nos quejamos del clóset, nunca hay ropa suficiente, odiamos las corbatas y el gel hoy no está para ayudar. Es un lío manejar en las mañanas, la cantidad de carros desespera y la idea de transporte público es igual a una lata de sardinas, imposible.

El almuerzo frío, la compañera que no tolero, trabajo excesivo, sacar al perro, preparar la cena, limpiar los platos y besar a mi esposa… nos quejamos por todo: por lo que tenemos, por lo que nos falta, por lo que nos gusta y nos disgusta, por lo que tiene el otro y por lo que le falta. Nos quejamos por lo que quisiéramos quejarnos y hasta inventamos cosas para quejarnos más.

Es tan fácil quejarnos, incluso más que leer las noticias, odiar a Maduro o recordar la célebre frase del principito.

La última vez que me quejé venía de comprar algunas cosas, hacía demasiado sol para mi gusto, me gasté el dinero del bus y tuve que caminar varias calles con los paquetes en la mano, tenía mucha sed y un alto grado de irritación que aumentaba el calor del día. Recuerdo que para hacer mi día diferente venía quejándome: si tuviera carro todo sería más fácil o por lo menos para el bus, pero no, tengo que caminar, estoy sudando, tengo hambre y para completar tengo que llegar a cocinar, pollo de nuevo…

Mientras estaba recitando mi monólogo interno vi cruzar a un padre con su hijo. El niño tiene una malformación en sus piernas y necesita un aparato especial para ayudarse. Tiene apenas 6 años y aunque podría emplear una silla de ruedas, prefiere usar su andador por una razón muy simple “mis piernas son diferentes pero sirven, sólo necesito enseñarles”. Entenderán que cuando escuché eso automáticamente mis palabras se convirtieron en basura. Él si tiene que soportar largas horas bajo el sol, entender que un trayecto que tarda 10 minutos para él se convierte en 30 o 40 y está bien, que siempre debe estar acompañado y su cansancio aumenta cuando hay mucho sol, pero esto no cambia sus deseos de salir a dar un paseo ni jugar en el parque…

Es simple. Él lo tiene todo y disfruta y agradece por ello, yo lo tengo todo y me quejo.

Mi única diferencia con este niño es que él no puede cambiar su realidad y aun así, disfruta y se esfuerza por ser feliz. Yo sí la puedo cambiar y debo esforzarme por ello.

Mi cesta de basura cada vez es menos.

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