En los zapatos de una profesora de preescolar

Decidí ser profesora de preescolar por un día, ya que, considero, es un trabajo difícil. Soy estudiante de Comunicación Social de la Fundación Universitaria de Popayán y estoy cursando mi tercer semestre. En la asignatura de periodismo surgió un trabajo periodístico de campo sobre las situaciones de vida en la ciudad; así que después de pensar que podría hacer y tomar la decisión, fui al jardín de mi infancia “Luceritos” del que me gradué en 2009.  La rectora y las profesoras de mi niñez siguen siendo las mismas, me reconocieron, aceptando mi solicitud sin problema, permitiéndome ser profesora por toda una jornada.

Por Silvana Zuñiga Osorio, estudiante de Comunicación Social en la FUP 

Video de presentación de En los zapatos de: 

Una vez que acordé el viernes como el día para orientar la clase, la rectora me asignó su grupo, el de los niños más grandes.  En la charla previa me dio un consejo “el día de una profesora comienza desde el día anterior a la clase”, ya que todo debe ser preparado con antelación para optimizar el tiempo y facilitar la jornada de los niños. Efectivamente fue así, aprovechando que se acercaba el día de las madres, me explicaron que los viernes para ellos son bastante lúdicos, así que lo mas conveniente era realizar una manualidad que le pudieran regalar a sus mamás.  Primero tuve que pensar que los pondría a hacer, optando por una carta con un mensaje sencillo y un dibujo de una muñeca que representara a la mamá, escrito y pintado por ellos, para que lo terminaran en el tiempo establecido, y en caso de hacerlo antes de lo previsto, podríamos realizar un poco de gimnasia, eso sí, adecuada para niños de 4 a 5 años.

Después de presentar mis ideas y de obtener la aprobación, me dispuse a conseguir los materiales necesarios para la manualidad que realizarían los 15 estudiantes que estarían a mi cargo. El jueves después de llegar de la universidad, me di a la tarea de recortar los 15 dibujos, doblar las cartulinas y hacerles las líneas a lápiz en las que iría el texto.  Parecía poco, pero ciertamente tomó su tiempo, sobre todo hacer los recortes de la silueta de la muñeca. Una vez que dejé todo listo, me fui a descansar, estando dispuesta a vivir aquella experiencia.

El día de la verdad

Debía estar entre las 7 y las 7:30 am; en mi mente sabía que iba a tener que ir de un lado para otro, por lo que decidí ponerme ropa cómoda y una vez lista, proseguí a dirigirme a la institución. Legué a tiempo, eran aproximadamente las 7:10 am., ingresé, me indicaron el salón que me correspondería durante el día, y al entrar vi que 2 niños habían llegado ya, estaban acomodando las sillas y las mesas; tenía un poco de nervios, los saludé, y ellos sin mucho ánimo lo hicieron también, era lógico, era una completa desconocida, me hice a un lado del salón para esperar a los demás.

Durante la espera, pensaba en cómo me podría ir, cómo sería el grupo, tranquilo o complicado, y aunque permanecía tranquila, ciertamente no tenía experiencia ni mucho interés por los niños, a parte de los de mi familia, por lo tanto, no se me ocurría como iba a tratar con ellos. Llegaron los que faltaban y con ellos también la rectora y profesora a su cargo, los reunió y me presentó, contándoles que yo había sido una exalumna y que al igual que ellos, también di unos cuantos problemas en aquella época, comentarios ante los que me reí tratando de recordar, y ya por último les explicó que durante el día yo iba a ser su profesora.

Previamente me habían instruido que debía dejarlos jugar y descargar su energía por unos 20 minutos, y así pudiese tener su atención a la hora de impartir la clase, así que, una vez cumplido el tiempo, se sentaron en sus puestos y pude dar comienzo a la explicación de lo que realizarían durante la jornada. Al decirles que harían un regalo para las mamás, lo tomaron con emoción.

Comenzamos la manualidad

Empezamos por sacar punta a los lápices y colores, tuve que ayudarle a varios en eso, y en el proceso me paso algo bastante común en los niños, una de ellas se acercó a mi llorando y diciéndome que otra de sus compañeras le estaba quitando sus colores, yo me dirigí para intentar llamarle la atención, pero sin embargo, no me sentía con la autoridad suficiente ni con el derecho de alzar siquiera en un mínimo la voz para que sonara a modo de regaño, así que opte por decirle lo que estaba mal de una forma amable y calmada, y pasó algo que, internamente superó lo que yo denomino como “mi corta paciencia”, la niña empezó a imitarme o remedarme, pensando que no me daría cuenta solo porque llevaba puesto un tapabocas, el cual no consiguió ocultar sus gestos, sin embargo, me quedé callada y en el mismo tono de voz que venía utilizando, termine de hablar y me fui al tablero, no sin antes decirle a la niña que estaba llorando, que no le pusiera cuidado a esos comportamientos.

Una vez todo listo, les entregué las cartulinas, eligieron el color de su preferencia, proseguí a copiar en el tablero el mensaje que la rectora me había entregado para que los niños lo escribieran, era más largo que el propuesto, sin embargo era más bonito. Escribí absolutamente todo el texto en distintos renglones para que pudieran entenderlo y plasmarlo en la carta, antes de eso, se me recomendó que les hiciera las líneas para el mensaje, pero yo ya se las había dejado listas, así que pensé que estaba bien, aunque realmente no era eso a lo que se refería, algo de lo que me daría cuenta más adelante.  Cuando ellos empezaron a copiar en la carta, iniciaron los llamados de un lado del otro, preguntándome: así está bien?, qué dice ahí?, entre otras cosas; no terminaba de atender a uno, cuando ya tenia que estar con el otro, llegando a sudar incluso un poco.

Pude apreciar que estaban escribiendo de forma amontonada, sin espacio entre palabras, saqué la conclusión de que así era su forma de escribir mientras estaban en esa edad.  Dos niñas hicieron sus propias líneas, en sentido opuesto a las que yo les dejé como guía, escribiendo sobre ellas, no lo vi apropiado y se las borré, diciéndoles donde tenían que poner las palabras, pero cuando me fui y volví a ver, nuevamente habían hecho lo mismo, así que lo dejé.

Borrón y cuenta nueva

Aunque estaba haciendo una práctica, claramente la profesora no me iba a dejar a mi suerte con los estudiantes, iba a estar pasando cada cierto rato, para ver como iba todo. En lo que ella vuelve y ve el trabajo realizado por los niños, alza la vos y los regaña, porque todo lo que habían hecho estaba mal, yo le pregunto: por qué? y me dice que era por las líneas y el texto, que había que ir frase por frase y hacerles una línea por cada palabra en la carta, en ese momento entendí a que se refería con su recomendación del inicio, tuve que cambiar las cartulinas para empezar de nuevo.  A pesar de que en parte fue mi responsabilidad que lo hicieran de forma incorrecta, ya que no conocía la metodología con la que ellos estaban trabajando, era necesario que yo les hiciera los espacios y evitar que lo escribieran todo junto, aun así, sentí que perdí el tiempo invertido en dejar todo listo desde el día anterior, de cualquier forma, no había nada que hacer, tenia que volver a empezar.

Antes de iniciar en la jornada como profesora, en mi mente estaba un pensamiento, en 4 o 5 horas terminan y sobrará tiempo, puesto que para mí, era una manualidad sencilla, pero en realidad para un infante es totalmente distinto y entre el tiempo perdido por iniciar otra vez con la carta, vi que la escritura para ellos tomaba bastante tiempo, mas de lo esperado, de hecho fue lo que ocupó casi la mayoría de las horas. Durante este proceso, seguí en la misma dinámica, yendo de un lado para otro con cada niño que me llamaba para preguntarme si estaba bien, ayudándoles a hacer algunas letras e irlos guiando, además de pasar puesto por puesto revisando el avance de cada uno.  Hubo percances, algunas niñas no querían escribir.  Al respecto la rectora me indicó que había que colocarlas en una mesa solas, hecho esto y tras un llamado de atención de su parte, con juicio terminaron la escritura.

Un descanso antes de finalizar

Llegó la hora del refrigerio, ayudé a traer las bandejas desde la cocina e iniciaron a comer; hubo un par que se regaron la bebida encima, teniendo que limpiarlos a ellos y al asiento, otros aprovecharon para darse una vuelta por los salones y pasillos, y en ese ajetreo, a mas de uno tuve que amarrarle los cordones de los zapatos.

Tras haber terminado de ingerir sus alimentos, continuamos con lo que fue la parte más fácil y rápida, pintar la muñeca. Cada uno lo hizo a su manera, de la forma en la que eran sus madres, le dieron color al dibujo. Cuando terminaron, estas se pegaron a la portada de la carta y como detalle final, les ayude a pegar unos corazones alrededor y ellos le hicieron unos dibujos pequeños a su gusto.

La tarjeta por fin ya estaba terminada, y tras darme las gracias, se dirigieron a los juegos a esperar la llegada de sus padres, quienes los recogerían entre las 11 am y la 1 pm. Estuve un tiempo vigilándolos, alerta ante algún tipo de accidente, las 12 llegaron y por lo tanto también la hora del almuerzo para los que aún no se habían ido. Fui a darle vuelta al comedor a ver si había alguno que no quisiera comer, y tras unos minutos, varios se estaban retrasando para terminar su plato, por lo que junto a una profe, di de comer a una de las niñas que le faltaba casi todo para terminar, siendo esto ya lo ultimo con lo que terminaría mi jornada.  Tras finalizar con la niña, y de conversar un rato con la cocinera y las profesoras sobre los viejos tiempos en los que yo fui quien daba los mas grandes problemas por demorarme y no querer comer, siendo solo la rectora quien podía conmigo, me despedí de todos asegurando una próxima vez, pero en ese caso, para saludar.

Después de todo…

Se podría considerar que fue “suerte” que el grupo con el que estuve no fuera tan indisciplinado o complicado, sin embargo, no quita el hecho de que ser profesora de preescolar es un trabajo complicado. Así como hay niños tranquilos, hay otros que pueden ser difíciles de tratar, y esto ultimo no es algo que pueda manejarse de la noche a la mañana, requiere experiencia, y en mi caso, al carecer de esta, no supe actuar en ciertas situaciones, a diferencia de las profesoras que han estado días y años con ellos, preparadas para cualquier situación y siempre demostrando su autoridad y control, una labor respecto de la que me di cuenta, que es totalmente merecedora de respeto y admiración. Nunca pasó por mi mente que algún día tendría que vivir con otros niños, la misma situación que las profesoras experimentaron conmigo, aun así, a pesar de todo, aprendí de ello y será una vivencia que permanecerá en mi memoria por mucho tiempo.

 

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