“El Pata”; ocaso temprano de un artista

 

Edison Albeiro Romero Romero

Estudiante de Comunicación Social-Periodismo
Fundación Universitaria de Popayán

Lleva el recuerdo de una vida colmada de aplausos y elogios, pero es más vivo el recuerdo de la noche  en que llegó al parqueadero de Almacenes Ley, junto a la panamericana cuando preparando la comparsa de los carnavales de algún año de la década de los 90’s, se presenta a la directora María de los Ángeles Rosero, un chico de mirada saltarina y sonrisa de oreja a oreja, un caminar que caracterizaba su personalidad y aún más el talento que desbordaba poro a poro.

“Yo soy Jairo, Jairo Benavides; me gustaría bailar junto a ustedes en los próximos carnavales, estudio en el Colegio Integrado Ciudad de Ipiales, en la noche; estoy en sexto grado y me encantan las danzas”. Fue así como comenzó la vida artística de un pelado que si acaso tenía 14 años y que con sus talentos dio ideas en muchas coreografías, acompañó al grupo de danzas por diversos escenarios en los que se cuentan Carnavales de Negros y Blancos de Ipiales, Carnavales de Negros y Blancos de Pasto, Carnavales de San Andrés de Tumaco, varios municipios más del departamento de Nariño; en el Ecuador acompañó a las fiestas de San Gabriel, las fiestas de las flores en Ambato y hasta el carnaval de Piura en el Perú. Quizá fue corta su actuación en las danzas ya que grupos se armaban tantos como al tiempo se separaban y en ese transcurrir se perdió del círculo artístico, Jairito, como cariñosamente le llamaban todos los de la compañía.

Años después, por circunstancias del destino nos volvimos a encontrar, ya no en muy buena situación, así lo recuerdo, nuevamente lo miro, en la calle tan irreconocible que parecía increíble topar con él y saber que Jairito ya no era ese bailarín tan brillante de comienzos de los 90’s; con una espesa barba, harapos que cambió por su vestimenta, unos zapatos viejos y mucho más grandes que sus pies, cabellera larga un poco enredada, un costal que al igual que el Doctor Chapatín, lleva a todas partes y que solamente él sabe que carga; a todo esto lo sigue un vaho producto de días de desaseo y olvido en su aspecto personal, pues lo que diga o hable la gente poco o nada le importa, así lo miro y de igual manera lo veo perderse por el horizonte tan pequeño de la ciudad y que a la vez es infinito por todos los transeúntes donde se confunde en su andar. Le abren paso no por su fama de bailarín, es más bien el miedo al indigente, al gamín o quizá al malandro de la ciudad que perdido en las drogas y su indigencia causa miedo, asco y vergüenza quizá; que triste ocaso el de Jairito, ese chico que muchas veces arrebató aplausos de toda la gente de la ciudad.

Ha pasado el tiempo, años tal vez y nuevamente hay otro encuentro, mucho más cercano, mucho más extraño, lo encuentro en un lugar donde el cobijo y el alimento nunca le ha de faltar, una casa donde rodeado de niños, adolescentes y adultos pasa los días cálidos o lluviosos y las noches frías, pero con un plato de sopa caliente y la preocupación de quienes allí habitan por sacarlo adelante, apoyarlo en lo que se puede y darle una reinserción social. Todos en las calles especulan de la situación en la que él se encuentra, unos dicen que las malas amistades lo llevaron al consumo de drogas, otros dicen que el abandono por parte de su familia lo han llevado a tal perdición y es allí, donde nos encontramos nuevamente y donde realmente saben el porqué de tal decisión por parte del artista, del bailarín.

 En medio de una sala y a la mitad de una terapia interrogan a Jairito diciéndole qué es lo que piensa de la vida a lo que siempre responde: “vivir entre calles y carreras”, siempre la misma respuesta, y aunque el interrogante sea otro, el bailarín siempre dará la misma respuesta.

La pérdida de su familia en épocas de juventud, colapsaron su cerebro llevándolo clínicamente a un estado de depresión que terminó con ese ánimo por seguir viviendo, y es así como él vive su vida feliz, si así puede decirse. Entre calles y carreras, será tal vez su búsqueda de la felicidad que lo lleva a caminar y caminar, tanto así que en alguna oportunidad pisó tierras payanesas y se devolvió nuevamente al cobijo de “La Mamita”, La Virgen de Las Lajas. Que cuántos años tendrá hoy, a nadie le interesa, tal vez tenga entre treinta o treinta cinco años, mas su condición de habitante de la calle, lo tendrá excluido de una sociedad, una sociedad especulante, excluyente, mal pensante y que a la vez es hipócrita, dicen preocuparse de la sociedad y la sociedad se derrumba en sus narices. ¿Cuándo volverá a bailar Jairito?, eso nunca se sabrá, solo se sabe que más lo llaman por “el pata”, a aquel bailarín que un día arrebató aplausos de toda la gente de una ciudad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *