Entre latas y cartón

 

Erika Espitia
María Alejandra López

Estudiantes de Comunicación Social-Periodismo
Fundación Universitaria de Popayán

Botellas, cartón y demás desechos se han convertido para Ageo Hurtado en  su quehacer diario. Venir de una familia de escasos recursos y sin ninguna oportunidad laboral, obligó a Ageo a salir de su humilde hogar refugiándose en las inclemencias de la calle, ese medio en el cual aprendió a reciclar, convirtiéndose esto en el único sustento para poder sobrevivir.

El rostro de este hombre manifiesta el sufrimiento, su mirada triste es aquel reflejo de que su vida no ha sido tan buena, pero que a pesar de los años sigue aun de pie y con muchas ganas de seguir adelante. A pesar de ser muy humilde se acomoda a lo poco que tiene, su ropa luce sucia, sus manos llenas de barro, su cabello un poco largo y sus zapatos los únicos que tiene están un poco deteriorados, pero son testigos de las caminatas que diariamente  hace en busca de su reciclaje.

Sus manos día a día remueven basuras en las esquinas de las calles de algunos barrios de la ciudad de Popayán como San Miguel, La Heroica, Chapinero y Solidaridad, ubicados en la comuna siete. En aquellos barrios busca  materiales que se puedan reciclar, para así obtener algo de dinero y sobrevivir. En muchas ocasiones quizás lo que consigue no le alcanza para comer “a veces paso mucha hambre pero bueno yo ya me acostumbré a esto, a veces tengo para el desayuno, un cafecito con una arepa o un pan y con eso paso el resto del día, porque no  recojo suficiente, no se encuentra cartón y es por eso que no me alcanza para comprar más comida, con eso tengo que pasar”.

El cantar de los gallos es el despertador de Ageo, pues al escucharlos ya son aproximadamente las 5:30 a.m. hora en la que se levanta para ir a reciclar. Se echa un poco de agua en su rostro y con sus tripas crujiendo, ya que no tiene nada que preparar, sale a trabajar,  en busca de material que le pueda servir, camina muy poco pues ya tipo 9:00 a.m. ya está de nuevo en su rancho con algo que comer, aunque sea una agua panela, y es con eso con lo que pasa el resto del día ya que no le alcanza la plata, pues algunos vecinos son muy pendientes de él, algunas veces le llevan algo para comer lo cual lo agradece mucho. Después de llegar de reciclar se queda en su casa descansando  y  no sale más a no ser que vaya a vender lo poco que se recogió.

Ya han pasado varios años desde entonces y Ageo trata de recordar su casa cuando era niño, vivió en una vereda llamada El Paraíso en el municipio de San Miguel – Cauca, en compañía de su madre Dioselina Hurtado y su hermana Nuncia, aunque tenía otra hermana Diomira Hurtado a quien su madre había dejado al cuidado de una tía. Ageo afirma que su madre al parecer  odiaba  a Diomira antes de que naciera, pues a  él  le había parecido raro de que ella no viviera con ellos ya que se dio cuenta que el embarazo de su mamá fue muy difícil seria por eso que su madre la había dejado al cuidado de su hermana, así paso tanto tiempo desde que ella se fue con su tía, pero quién pensaría que más adelante lograría contactarse con ella.

En 1955, cuando Ageo tan solo tenía nueve años, sus padres no tenían los recursos suficientes para que pudiera estudiar; “jummm les cuento: yo estaba como en tercero de primaria cuando me pidieron plata para recoger fondos en  el colegio; yo le pedí a mi mamá y se enojó, me dijo que ella no tenía plata que mejor me saliera de estudiar, que no la estuviera molestando, y no sabía mi mamá que con eso  iban a comprarnos unos cuadernos y lápices,  pero aun así se enojó y me hizo salir del colegio”.

Su casa era una finca, pues ellos cuidaban de ella y así podían vivir allí, un conocido se las  había dejado a su cuidado. Para Ageo hablar de su casa no significa nada, su expresión da a entender que su hogar no fue el más agradable, para él nunca tuvo una vivienda. En esa época a Ageo solo le importaba trabajar y lo hacía en fincas cercanas, le tocaba desyerbar, coger coca o café, en fin, diferentes labores del campo  para poder ayudar a su familia. Los años pasaban  y Ageo  fue creciendo hasta convertirse en adulto, ya con 25 años  y con muchas ganas de trabajar y ganar dinero decidió irse de su casa en busca de trabajo.

Ageo nunca se imaginó que salir de su casa y su pueblo iba a ser tan difícil. Pensaba que quizás en la ciudad encontraría más oportunidades para trabajar, pero era todo lo contrario, sentirse solo en un lugar desconocido y más sin conocer a nadie iba a ser difícil que se pudiera colocar, pero aun así se enfrentó a lo que el Municipio le podría ofrecer, algunos días desyerbaba antejardines, con eso medio comía y dormía donde le cogiera la noche.

Para ese entonces ya había retomado contacto con Diomira su hermana, quien se cruzó en su vida por cosas del destino, ella ya tenía su casa en el asentamiento Laura Mercedes Simmonds  así que en algunas ocasiones se quedaba con ella, pero cuando tenía cómo pagaba una pieza.

El tiempo corría y  Ageo envejecía, duró varios años yendo y viniendo de su pueblo, hasta que su madre murió a causa de un infarto, ahí decide ir a Pitalito Huila a ver si conseguía trabajo en compañía de un vecino llamado Clementino, quien le insistió para que se fuera a ver que se podía conseguir.

Cabe resaltar que mucho  tiempo atrás, en Santa Rita, un pueblo del Cauca, había conocido a Sandra quien se convirtió en su compañera sentimental y sin pensarlo se fue junto con ella a trabajar a Pitalito donde su amigo Clementino le había dicho, con ella tuvo una hija a la que llamaron Jazmín. Para Ageo fue una alegría inmensa verla nacer, aunque duró pocos años junto a su hija ya que cuando cumplió cuatro años, Sandra se había aburrido de él, y su ex marido había llegado y la había convencido de que se fuera de nuevo con él y así fue: aquella mujer dejó a Ageo se fue sin decirle nada.

“Recuerdo que aquel día había llegado del trabajo, en ese entonces me tocaba ir a jornalear en la finca de Clementino y dejaba sola a mi mujer, llegué ese día  a la casa a buscarla y se había ido, arregló todos los chiritos de mi niña y se la llevó, hasta me cogió una plática que tenía ahorrada debajo del colchón,  como $240.000. No me dio nada, ni rabia, ni tristeza porque pensé que lo había cogido para alimentar a la niña, los días fueron pasando  y mi mujer nunca regresó, se había cansado de mí. Por ahí me contaron que había llegado el marido que tenía antes, que la había convencido y se la había llevado, bueno seguí mi vida, medio trabajaba en lo que saliera por ahí, en esa época me tocaba pagar arrendo en una habitación mientras tanto. Les cuento que mi vida ha sido muy dura pero aun así sigo luchando, ustedes me ven y ya estoy viejo es que ni recuerdo cuantos años tengo”.

La ausencia de su hija hizo notar  la tristeza que invadía su corazón pues solo pensar en que no la volvería a ver se le hacía difícil, pero siguió luchando por mejorar cada día más y así regresó de nuevo a Popayán, a aventurar, a ver que se podía hacer. Finalmente y gracias a su hermana  Diomira quien se encontraba en la ciudad él aprendió a reciclar, Diomira le enseñó a escoger el material, recoger y separar para luego venderlo, hoy es el trabajo que le da para su comida diaria.

Para Ageo su edad en un momento dejó de importar hoy en día solo se dedica a  conseguir algo para la comida y lo hace por medio del reciclaje, ya hoy tiene  69 años y aquellos  no le impiden a este hombre seguir en la lucha, aun con más fuerza para tratar de sobrevivir en aquella situación en la que está.

Por mucho tiempo Ageo vivió junto con su hermana Diomira, todo mientras conseguía la forma de armar un rancho en aquel lugar. Así que fue recogiendo retazos de madera para poder construir su casa. Vivió con Diomira aproximadamente un año, en el que después él pudo construir su propio rancho con el que lleva casi seis años de vivir en el asentamiento.  Para  ese entonces Ageo salía en busca de reciclaje y se quedaba donde le cogiera la noche ya que su hermana era muy jodida, “¡gritaba por todo! es que ni los hijos  la aguantaban. Mi hermana ha sido como medio loca y por eso es que me echaba… yo la entiendo, y así me tocaba salir pues quien aguanta eso. En esa época yo vivía en el barrio San Miguel, que queda aquí en seguida donde una vecina del pueblo que me dejaba dormir mientras yo podía hacer mi rancho, en días dormía acá donde Diomira en otras me iba a donde mi vecina ”.

Su hermana Diomira en el asentamiento vivía en una condiciones muy difíciles, su rancho era muy pequeño, tan solo cabían dos camas y eso que eran de un metro, también contaba con  un espacio reducido para la estufa, además del desorden y la basura con que vivía su hermana,  en medio de botellas, cartón y desechos. A Diomira  no le importaba vivir así, ese era su estilo y era muy feliz, para ese tiempo Ageo aún estaba en  el barrio San Miguel  el que colinda con  Chapinero allí estuvo por varios meses hasta que le salió la casa a Diomira en Valle del Ortigal por el proyecto de vivienda gratis  y así  Ageo puedo regresar a un  rancho del asentamiento  ubicado  a orillas de la quebrada pues su hermana se lo había dejado. Con su esfuerzo y la ayuda de un vecino lo pudo levantar, colocó unas tablas que hacían falta y así mejorar el rancho donde vive actualmente.

Aquel lugar es muy pequeño pero él  se acomoda a lo poco que tiene, es un espacio muy reducido, dividido en dos partes: en una tiene su cama hecha en tablas y cartón con una base de canastas de gaseosa y un  nochero donde mete su ropa; en la otra parte queda el fogón de leña donde prepara sus alimentos. No tiene baño,  solo un espacio adecuado afuera del rancho donde se baña y puede obtener agua para sus alimentos. “Para hacer mis necesidades me toca por fuera, donde me coja, me meto por ahí a un matorral y me limpio con cualquier hoja, pues yo casi me aguanto todo el día ya tipo 6 de la tarde es donde hago del cuerpo, y me baño aquí, pues tengo el agua y con eso es que me puedo bañar y orino donde pueda”.  Es así como trascurre su vida diariamente.

Los primeros días de Ageo en el asentamiento se convirtieron en una pesadilla, pues algunos habitantes como los viciosos no lo querían, porque él siempre llamaba a la policía para ahuyentarlos, por esta razón esos muchachos le hacían la vida imposible.

“Les cuento que un día estaba yo acá en la puerta de mi rancho cuando una niña del vecino que siempre le gusta venir acá me pidió el favor que le prestara el baño yo le dije que yo no tenía baño que tenía eso ahí que podía orinar, pero que popó no podía hacer entonces la niña dijo que sí que ella iba a orinar no más y ese día yo estaba ahí afuera con una vecina conversando cuando de allá de lo alto me tiraron una bolsa llena de mierda y siempre era lo mismo me tiraban piedra al rancho, me insultaban bueno eso que no me hacían, hasta me robaban se metían al rancho a coger lo poco que tenía jumm!… menos mal no me hicieron daño y ahora último  ya no molestan pues todos esos gamines ya se han ido los ha cogido la policía. Que días que tenía una plática como $128.000  y yo no sé cómo fue que se me metieron, demás que fue por la ventana que tenía y de ahí del colchón me la robaron. Entonces pensé en cerrar la ventana y dejar el rancho ciego, no tiene ya por donde se entren porque me cansé de tanto robo, pues ya me han robado como cuatro veces con esta última y ¿qué me tocó hacer? pues de nuevo irme a basurear, a rebuscarme esa platica en la calle”.

Su vida trascurre en aquellos espacios, su casa y la calle la cual se convierte en su sustento diario, no tiene un horario fijo para rebuscarse la plata, pues trata de salir muy temprano para poder conseguir algo y no que los otros recicladores lo dejen sin nada. Diariamente sale con un costal donde echa lo que le pueda servir, le toca escarbar basuras y así escoger el material: botellas, cartón, plástico entre otros, así logra coger una ruma suficiente para poder descansar dirigiéndose a su casa a comer,  después de un rato se dedica a la separación de los materiales y así poder salir nuevamente a vender lo que le queda, que se convierte en algo de dinero, muchas veces pisa el cartón y desbarata para que pese más. El material lo vende en chatarrerías cercanas al barrio Chapinero, el kilo lo pagan a $350, el cartón a $100  el kilo, el papel a $300, la pasta aquel material que se saca de los cuadernos a $300, las revistas y esos que cuando son bastantes a $500.

Así sale a vender lo que recoge en la calles, tratando de esquivar las malas intenciones de las personas alrededor,  ya que en muchas ocasiones la señora que le compra se encuentra de “malas pulgas” y no le recibe nada, y ¿qué le toca hacer? devolverse para su rancho con el costal al hombro  y esperar al otro día a ver si lo puede vender en otro lugar.

Actualmente Ageo vive del rebusque, pues no se encuentra afiliado a ningún proyecto por el Estado. Espera quizás algún día recibir una buena noticia, así como su hermana Diomira, que le regalen una casa y vivir dignamente. De no ser así solo espera el día de desalojo del asentamiento para ver hacia  donde coge ya que no tiene la forma de ir a la alcaldía a ver si lo vinculan a los proyectos.  Hoy solo le queda esperar “aguanto mucho frio cuando llueve, esto aquí se me inunda no puedo ni dormir se me congelan mi cuerpo del frio, y ya cuando está aclarando es cuando me da sueño y  ya no puedo dormir porque ya es hora de levantarme”.

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