La importancia de llamarse Olmedo

 

Miller Velosa Sandoval

 Licenciado en Literatura y Lengua Española
Universidad del Cauca

Como me lo contaron lo cuento y si no me cree, cuente usted otro cuento

Año de 1530. En el cielo se vislumbraba todavía unas cuantas estrellas matutinas. De pronto, una de ellas, como desmayada, se dejó caer lenta y mágicamente sobre la ribera del río Molino. Como en un sueño de hadas, de sus cálidos y parpadeantes rayos, se fue formando la figura de un niño recién nacido, acunado en medio de verdes hojas de plátano. La estrella, después de unos pocos segundos, emprendió su vuelo sideral hacia el regazo del Olimpo, sin antes dejarle un pedazo de bambú.

El pequeño era de color carbón y su ensortijado cabello ébano apenas se asomaba en su cabecita. Aunque era negro, dejaba percibir la malicia indígena en la sonrisa de sus labios y lo pícaro de sus ojos. Era extraño porque a miles de leguas a la redonda no había nadie de sus características. Su llanto alarmó a un perro que buscaba carroña cerca del lugar. Se acercó y con su innato instinto animal arrastró con fuerza en sus colmillos el improvisado lecho de hojas de plátano. De inmediato, corrió presuroso hacia la rústica choza donde vivían sus amos. Les ladró y porfió hasta quebrantar la paciencia de la pareja de indios y despertar la curiosidad de un indiecito de año y medio.

  • “¡Ucchiii, no joda aquí”, le gritó la joven india, mientras le lanzaba una patada.

El perro continuaba ladrando persistentemente.

  • “! Qué pasa, chandoso!”, inquirió su compañero, a la vez que el perro prendía sus colmillos en una de las piernas del indio.
  • Quere que lo sigamos”.

Así lo hicieron. Su sorpresa fue grande al encontrar al pequeño abandonado. La india lo alzó, lo cobijó con su larga cabellera y lo amamantó. Lo llamaron Olmedo, creció con ellos y con el tiempo. Fue eterno y sabio en su longevidad.

Año de 1537. Algunos dicen que fue casualidad, pero me atrevo a decir que no fue así. Creo, más bien, que el don se lo había regalado la estrella. El pequeño Olmedo había hecho una flauta con el pedazo de bambú. Desde un comienzo sus notas fueron melodiosas, agradables, alegres. Incluso, los pájaros se aglomeraban embelesados a su alrededor a escucharlo horas tras horas.

Comenzaba la primera semana del primer mes cuando el pequeño entonó una de las más bellas melodías. Sus notas traspasaron los valles y montañas del Sur, hasta llegar a los oídos de un tal Don Sebastián, un viejo español con alma de colonizador. Al igual que el flautista de Hamelin con los ratones, el pequeño negro hizo enfilar las huestes españolas con el rítmico entonar de sus canciones. Era el día sábado 13. Don Sebastián, alelado e hipnotizado por la magia de la música, atravesó parajes inhóspitos, cruzó pantanos, sufrió calamidades, caminó fatigado e ilusionado por llegar al lugar de donde provenían los sonidos del alma, las notas de ensueño. Fue entonces, que inspirado bajo el amparo y el patrocinio de Nuestra Señora del Reposo, Don Sebastián se encontró con el negro Olmedo y construyeron dos caseríos pajizos. Sus padres adoptivos murieron muchos años más tarde.

Año de 1673. Ya adolescente, con igual destreza en el toque DE LA FLAUTA, Olmedo se había convertido en un prestidigitador de melodías y sueños. La chicha fermentada había enviciado y embriagado su cuerpo y espíritu. Era el centro de atención del pueblo y, todos los días, especialmente, los domingos, se reunían en la Plaza Mayor a escuchar sus conciertos de flauta. Era el penúltimo día de mayo y en medio de su borrachera empezó a alucinar:

  • “! Aquí hace falta algo ¡”, dijo Olmedo a uno de los pueblerinos que estaba junto a él.
  • “¿Qué?”, preguntó aquel.

Cogió su flauta de bambú, colocó artísticamente sus dedos sobre los seis orificios y comenzó a fabricar una torre con prolongación al cielo infinito. Parecía la nariz del pueblo. Con un Do Menor su magia divina concluyó con un reloj que marcaba las 12:00 según la hora inglesa.

Año de 1868. Olmedo tenía como techo el hermoso cielo azul bordado de estrellas y luceros. Se abrigaba con las ilusiones que podía tener un hombre que se acercaba a los treinta años. Comía muy poco y su ya escasa piel negra se pegaba a sus huesos. Bebía en demasía. Mendigaba monedas para poder comprar trago y en gratitud interpretaba melodías con su flauta de bambú. Empezaba el 16 de noviembre y Olmedo poseído por los placeres que le proporcionaba el dios Baco, tomó su flauta, caminó zigzagueante y a doscientos metros más allá de la esquina de la plaza, por la calle norte que iba a caer al río Molino, cayó de bruces. La flauta fue a parar a orillas del río. Quiso incorporarse, pero el licor había invadido su mente y músculos. Se arrastró seis o siete metros y alcanzó su flauta. Metió su cabeza en el agua cristalina durante varios segundos, pero la borrachera continuaba. Luego, tocó alucinadamente: con sus notas, doce arcos del color del prisma se formaron cruzando el río y la parte pendiente de la calle en una extensión de doscientos cuarenta metros de largo y dos metros con cincuenta y seis centímetros de ancho, con su pavimento de empedrado menudo. Bajo aquel puente de arcos, Olmedo pasó sus noches de sueños y melodías en compañía de mendigos y harapientos.

Año de1929. La botella de aguardiente y la chispa para piropear a las damitas de la ciudad, lo caracterizaban. Olmedo, el de la flauta de bambú, era un galán del amor y un gracejista de mil batallas (cuentan que era rival del loco Castrillón). Recorría con su música todas las calles céntricas con su flauta en la mano, dispuesto a arrancarle hermosas melodías autóctonas y de amor.

  • “Quisiera alcanzar las estrellas y robarles su luz para poder iluminar el camino de mi vida”, pensó Olmedo, sin dejar de mirar hacia el firmamento y tomarse un gran sorbo de aguardiente. Sólo hizo una mueca. Pasó muchas horas en su contemplación. El licor lo embriagó y, de nuevo, alucinó con su música.

El embrujo que emanaban sus acompasadas notas lo llevaron hasta una especia de atalaya, lo que parecía la fortificación de la ciudad, una pirámide trunca con fines rituales, donde los indios adoraban el sol y las estrellas. Desde lo alto del morro, Olmedo interpretó su última canción en su flauta de bambú. Se quedó dormido de la borrachera.

Su estrella volvió, lo arropó entre sus rayos de plata y lo llevó al regazo del Olimpo. Para entonces corría el año de 1985.

FIN

P.D. Cuentan que Olmedo Vidal toca en su flauta de bambú lindas canciones animando las fiestas de los dioses y que en las noches de la ciudad de Mosquera y Valencia, se escuchan los lejanos toques de la inolvidable flauta de “Chancaca”.

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