Por primera vez a mis 20 años hago parte del sufragio colombiano. Mi voto no se deposita en suelo nacional, sino en el Consulado colombiano en Toronto, Canadá. Este acto ocurre en un contexto social y político que jamás preví cuando era adolescente.
No imaginaba que el escenario político del que hoy hago parte junto con mi voto, estaría marcado por el magnicidio de Miguel Uribe Turbay, un hecho que —temo— muchos comenzarán a relegar al olvido, con la misma naturalidad con la que hemos aprendido a normalizar la violencia en el país.
El quinto informe de Violencia Político Electoral de la Fundación Paz y Reconciliación (Pares) revela que a menos de un mes de las elecciones al Congreso de la República y a dos meses de los comicios Presidenciales, se han registrado 164 hechos violentos que dejaron 202 víctimas. Lo que equivale a que, en promedio, cada dos días una persona vinculada a la política ha sido violentada.
El último magnicidio ocurrido en Colombia se registró el 2 de noviembre de 1995, cuando fue asesinado en Bogotá el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado, tres veces candidato presidencial y copresidente de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Solo veinticinco años después, la desmovilizada FARC-EP reconoció ante la JEP su responsabilidad en el crimen, cerrando parcialmente un capítulo que durante años permaneció en incertidumbre.
Quienes nacimos en el siglo XXI no crecimos escuchando noticias sobre el asesinato de candidatos presidenciales. Muchos asumimos —quizá con ingenuidad— que ese era un episodio superado por la nación, una tragedia ajena a nuestra generación. La realidad nos demostró lo contrario.
No es correcto permitirnos normalizar la violencia, ni cuando golpea a líderes sociales y políticos, ni cuando alcanza a civiles, militares, policías, mujeres o niños. Como tampoco es correcto decir que el atentado contra Miguel Uribe es un episodio más dentro de la rutina violenta del país.
Traigo de nuevo a colación este lamentable magnicidio porque, aunque estoy convencido de que no habría votado por Miguel Uribe, es innegable que hoy estaría encabezando las consultas presidenciales o las encuestas de intención de voto de cara a la primera vuelta presidencial. Al momento de votar, pude sentir que hacía falta un candidato; su ausencia es evidente en el escenario político.
Como joven, me consterna recordar que fue la violencia —instrumentalizando a un menor de edad— la que terminó arrebatándole la vida.
Miguel Uribe aparecía ante muchos colombianos como otro delfín de la política nacional, heredero de un apellido con peso propio y observado con recelo por buena parte del país. Aparte de un abolengo familiar difícil de ignorar, ser un niño genio lleno de ambición le abrió paso por el Concejo de Bogotá y eventualmente por el Congreso, al que llegó como el senador más votado por lista abierta en el país. Su perseverancia y trabajo destacado lo convirtieron en la cara perfecta para la derecha para las siguientes elecciones y, sobre todo, en el favorito del patriarca del Centro Democrático, Álvaro Uribe.
Este favoritismo comenzaba a costarle el ostracismo de sus compañeros en su propio partido. Miguel Uribe reconocía públicamente cierta fractura interna y advertía que, si en su partido no eran capaces de unirse para ganar, mucho menos lo serían para gobernar. En medio de esas tensiones, decidió mover primero sus fichas y posicionarse con anticipación en una carrera electoral que ya empezaba a perfilarse.
En su búsqueda por consolidarse políticamente, Uribe Turbay tuvo aciertos y desaciertos: desde afirmar que la clase media colombiana ganaba entre 25 y 60 millones de pesos mensuales, hasta recibir una ola de críticas tras publicar un video en el que romantizaba las madrugadas que los colombianos enfrentan a diario para llegar a sus trabajos, invitando incluso al país a trabajar aún más.
Con todo esto, Miguel Uribe tenía una imagen bastante particular. Proyectaba también un carisma y una alegría que contrastaban con el talante áspero y tajante de otros políticos. En lo personal, yo no quise a Miguel Uribe, no lo admiré ni compartí su proyecto político. Sin embargo, al escucharlo en algunas entrevistas y observar ciertos gestos públicos, percibí matices que vale la pena reconocer.
Tras la posesión de Gustavo Petro, aun siendo un opositor declarado, destacó el significado de que la banda presidencial fuera impuesta por la senadora María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, excomandante del M-19 y candidato presidencial asesinado. En ese momento expresó que valoraba verla protagonizar un hecho así, consciente de lo que implica perder a un padre a causa de la violencia política. Este tipo de gestos, junto con otros episodios similares, me llevan a pensar que Miguel Uribe era una buena persona, capaz de reconocer la humanidad en sus contradictores y de creer, con sus aciertos y desaciertos, que su país podía ser mejor.
Al mirar un año atrás y comparar el contexto político de entonces, noto el vacío que dejó el precandidato Miguel Uribe. Su energía y ambición habrían configurado de manera muy distinta el escenario electoral.
Hoy encontramos a las fuerzas políticas dominantes fracturadas desde dentro. Un centro dividido entre Claudia López y Sergio Fajardo, cuya desunión le pasará factura a las aspiraciones del centro de llegar a la segunda vuelta. Una izquierda que terminó disgregada por la competencia que inició Roy Barreras contra Iván Cepeda, disputándose el guiño de las maquinarias y también del presidente. Y una derecha uribista de la que, como de un barco que se hunde, han zarpado varias de sus figuras más representativas, —algunas por renuncia y otras por expulsión—, incluso miembros cofundadores del Centro Democrático, como José Félix Lafaurie, Miguel Uribe Londoño y María Fernanda Cabal.
Es lamentable el decaimiento que evidencian estas fuerzas que buscan la Presidencia. El común denominador de sus divisiones parece radicar en los egos: egos que separaron a López y Fajardo, quienes, unidos como estuvieron ocho años atrás, hoy compiten por separado, debilitando sus posibilidades de asegurar un lugar en la segunda vuelta. Resulta cuestionable el presunto aprovechamiento de la burocracia estatal con la que Cepeda ha logrado convocar multitudinarias plazas para su campaña, así como los videos que Roy Barreras publica con orgullo y vanidad desde la Casa de Nariño, insinuando un respaldo que parecería gestarse bajo la mesa. Y, por último, es profundamente incoherente observar el comportamiento de César Gaviria y Álvaro Uribe, quienes eran enemigos políticos —y quienes actúan también como los patriarcas de sus propios partidos— posando juntos aparentemente ¨reconciliados¨ y haciendo un llamado conjunto para salvar la institucionalidad del país.
Me pregunto si, en ese oportuno llamado a la reconciliación, olvidaron extenderle la invitación a Juan Manuel Santos.
En medio de toda esta parafernalia política, puedo entender que muchos jóvenes experimenten un desencanto que se traduzca en desinterés por la política. Apenas resulta posible reconocer, con algo de claridad, a tres o cuatro de los diecisiete candidatos presidenciales que aspiran a la primera vuelta. Y ni siquiera hablemos de los 3.231 inscritos en las listas al Congreso. Es apenas comprensible que, ante la sobreestimulación informativa, muchas personas —jóvenes y adultos mayores— terminen conformándose con lo que circula en cadenas de whatsApp y publicaciones de facebook.
Este vasto contexto de violencia, polarización y sobreestimulación informativa es el que rodea las primeras elecciones en las que podré participar a través de mi voto.
Ejerzo mi voto porque reconozco su importancia; porque soy consciente de que en muchas regiones del país hay quienes no podrán hacerlo por miedo; y porque entiendo que otros votan sin reflexión ni un análisis profundo.
Lo ejerzo con vehemencia porque estas elecciones quedaron marcadas por un magnicidio y por innumerables víctimas a lo largo del territorio que me recuerdan la fragilidad de nuestra democracia.
Diáspora Colombiana
Durante un breve diálogo en El Reporte Coronell, espacio habitual de conversación pública conducido por Daniel Coronell, abordamos la experiencia de votar en el exterior; allí le expresé la emoción que me produjo participar por primera vez en unas elecciones y coincidimos en que el derecho al voto constituye un pilar fundamental de la democracia.