Terminé de ver lo que considero el espejo de realidad social más trepidante que haya contemplado en la televisión. Es, sin duda, la serie de televisión que más me ha provocado estruendosas carcajadas y lágrimas incontenibles. He de admitir que pequé de sensiblero al verla, pero ello corresponde a la gran profundidad con la que la serie La primera vez aborda la historia de este grupo de amigos que atraviesan juntos líos amorosos y familiares, sumergidos en la vasta y compleja realidad de Colombia en los años setenta.

La historia sigue a Camilo Granados, interpretado por Emmanuel Restrepo, y a su grupo de amigos, estudiantes del Colegio Distrital José María Root, una institución masculina que se ve sacudida por la sorpresiva llegada de Eva Samper, encarnada por Francisca Estévez, la primera mujer en ingresar al plantel.
La inesperada llegada de Eva desencadena verdaderas hecatombes, dignas de una caja de pandora que transforma por completo la dinámica escolar y la vida de los protagonistas. A partir de su presencia surgen situaciones incómodas que derivan en reflexiones sobre la sexualidad, el feminismo, la amistad y el tránsito de la adolescencia a la adultez.
La primera vez ha sido ampliamente elogiada por su cuidada ambientación de los años setenta y por su acertada selección musical de clásicos románticos, que acompañan con precisión la banda sonora y los momentos más dramáticos de la serie. Este componente potencia la carga emocional del relato y se convierte en una oportunidad ideal para que distintas generaciones —especialmente quienes vivieron el auge de artistas como José José, Jeannette y Camilo Sesto, así como los más jóvenes— logren conectar con la producción desde un lugar sensible y compartido.
No obstante, he percibido también cierta desconexión por parte de algunos espectadores. Considero que esto se debe, en gran medida, a la gran impresión que generan sus primeros minutos.
En sus primeros minutos, la serie presenta a un grupo de adolescentes escondidos en un baño, explorando su despertar sexual de manera torpe e irresponsable a través de una revista pornográfica. Se trata de una escena que puede resultar vulgar o incluso deleznable para algunos, pero que no se aleja en absoluto de la realidad de muchos jovenes alrededor del mundo.
Por escenas como esta, tengo la certeza de que un público criado —y aún arraigado— en una tradición conservadora, que históricamente ha tendido a censurar la exposición de temas controversiales como estos, resulte alejándose de la serie. Y, lamentablemente, perdiendo la oportunidad de encontrarse con una producción de gran calidad, profundamente entretenida, que plantea además un reto significativo: desprenderse de los prejuicios y despertar una sensibilidad lo suficientemente crítica como para comprender y asimilar las reflexiones honestas que propone la obra.
En palabras de sus propios actores y guionistas, el personaje de Eva Samper representa una figura marcadamente vanguardista, difícil de encontrar en la Colombia de los años setenta. Se trata de un personaje que afirma haber leído todos los libros del mundo y que, para su corta edad, exhibe un interés y un conocimiento sobre el feminismo que resultarían poco habituales en su contexto histórico.
Pero, como bien se dice, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Personalmente, comparto la experiencia de haber sido formado en un colegio exclusivamente masculino, por lo que fueron escasas las ocasiones en las que conviví académicamente con mujeres durante mi bachillerato. Y, al igual que como le pasó a Camilo Granados, en mi adolescencia también caí perdidamente enamorado de aquella mujer vanguardista que un día irrumpió en un salón de clases del que yo hacía parte y terminó provocando en mi vida un terremoto de lecciones amorosas y reflexiones sobre el valor de la amistad.
El personaje de Eva Samper, o “la primera mujer”, puede parecer ficticio para muchos, pero en mi vida esa primera mujer sí tuvo nombre y apellido. Quien terminó convirtiéndose en una gran amistad con la que aún hoy se comparten anécdotas de la vida.
Al igual que el grupo de amigos que protagoniza la historia, yo también tengo mi “tribu¨ con la que atravesé tanto las etapas más inocentes de la niñez como las más conflictivas —y, a la vez, más provechosas— de la adolescencia. Aquellas tertulias, humildes pero desenfrenadas, forjaron lazos de amistad que aún perduran y por los que agradezco profundamente a la vida.
Y, afortunadamente, al igual que como la señora Ana (madre de Camilo Granados), he tenido la fortuna de contar con unos padres de mente abierta que siempre han apoyado mis sueños y deseos.
Esta serie se siente entonces para mí como un espejo de realidad social: en sus personajes veo a mis amigos, a mi familia y a tantas personas que han marcado mi vida.
Encuentro en Camilo Granados y en mí, un número alarmante de similitudes que me permiten empatizar y conectar con su personaje. Compartimos el interés por la literatura y el cine, así como una profunda afinidad por la escritura y el mundo audiovisual. Me vi profundamente identificado con su personaje cuando lo vi grabando un documental con la ayuda de su padre, una experiencia que he vivido en carne propia y tengo la fortuna de poder compartir.
Podría extenderme mucho más enumerando las múltiples resonancias personales que encuentro en esta producción colombiana. Lo cierto es que detrás de ella hay un trabajo notable en la construcción de su contexto social, económico y político. Resulta difícil que quien la vea no se identifique, al menos, con alguna de sus situaciones. Es una serie contemporánea que logra conectar tanto con generaciones mayores como, especialmente, con públicos más jóvenes.
A lo largo de sus cuatro temporadas, La primera vez logra desarrollar con eficacia una historia que se mantiene interesante, entretenida y, en muchos momentos, retadora para el espectador. Desde una mirada más técnica, he podido identificar ciertos detalles menores en su producción que, como alguien familiarizado con el lenguaje audiovisual, considero pudieron haberse realizado con mayor precisión. Sin embargo, estas observaciones no opacan el resultado final: la serie se sostiene con solidez narrativa y visual, ofreciendo una propuesta bien construida, lo suficientemente cuidada como para atrapar al espectador y, al mismo tiempo, mantener una identidad estética y emocional coherente a lo largo de toda su evolución.
Esta serie es entonces, una oportunidad para que los colombianos emprendamos un ejercicio de reflexión sobre nuestras relaciones interpersonales, nuestros prejuicios y nuestras formas de afrontar las dificultades de la vida.
Recomiendo esta serie sin reservas: una obra que, para muchos, se sentirá como una verdadera “primera vez”, especialmente para quienes aún no se han permitido ir más allá de los tabúes con los que hemos sido formados.