En el escenario de las elecciones presidenciales de Colombia ha llamado mucho la atención un candidato que se presenta a sí mismo como “El Tigre”.
Se trata de Abelardo de la Espriella, reconocido abogado, empresario, propietario de una marca de licores, así como escritor y cantante. En julio de 2025 anunció su candidatura presidencial junto a su nuevo movimiento, “Defensores de la Patria”. Desde entonces, se ha consolidado como una de las figuras más llamativas y polémicas dentro de la contienda electoral.
Abelardo De la Espriella no es una figura que haya pasado desapercibida ante la opinión pública. Su notoriedad no se limita a los lujosos licores y relojes que comercializa —algunos con precios que alcanzan los 20 millones de pesos—, sino también al llamativo historial de clientes a quienes ha representado en su ejercicio como abogado.
Los casos judiciales y las controversias
En su trayectoria profesional, fue defensor de David Murcia Guzmán, creador de una de las mayores pirámides financieras en Colombia, la cual estafó a más de 400.000 personas. En una entrevista concedida a Daniel Coronell, Murcia afirmó que el abogado Abelardo de la Espriella le habría cobrado cinco mil millones de pesos por su defensa y que, poco después de recibir el dinero, decidió apartarse del caso. Asimismo, sostuvo que el abogado habría retenido 760 millones de pesos que, según su versión, estaban destinados a sobornar a congresistas. Otro vínculo controversial es el que lo relaciona con el excomandante paramilitar Salvatore Mancuso. El propio Mancuso ha señalado que Abelardo de la Espriella lo visitó en varias ocasiones durante su reclusión en cárceles de Estados Unidos, y que dichos encuentros se habrían realizado sin que mediara pago alguno por estos servicios judiciales.
Entre todos sus clientes, quizá el más destacado fue el barranquillero Alex Saab, señalado de manejar parte de las finanzas de Nicolás Maduro dentro del régimen venezolano. El prestigioso abogado no habría tenido mayor reparo en asumir la defensa de quien ha sido identificado como presunto testaferro de Maduro, aun cuando ya enfrentaba sanciones y acusaciones penales por parte de Estados Unidos.
Saab fue investigado por presuntas irregularidades en el manejo de recursos destinados a programas de alimentación dirigidos a las poblaciones más vulnerables en Venezuela. Dichos señalamientos apuntan a un esquema relacionado con la distribución de alimentos, en el cual se habrían reportado sobrecostos y productos de baja calidad o incluso en mal estado. No siendo suficiente, diversas investigaciones periodísticas han sugerido, además, posibles vínculos entre la oficina de De la Espriella y episodios controvertidos dentro del desarrollo del caso, incluyendo su eventual fuga.
Abelardo De la Espriella también es conocido por su férreo hostigamiento a periodistas. En una columna de la revista Cambio, escrita por Jonathan Bock, se expone un complejo caso que evidenciaría cómo el abogado hace uso de su notoriedad pública y capacidad económica para ejercer presión sobre periodistas que lo investigan. De acuerdo con dicha investigación, De la Espriella acumularía un récord difícil de ignorar: en menos de una década habría interpuesto al menos 109 procesos ante la Fiscalía por los delitos de calumnia e injuria. Lo verdaderamente llamativo es que la mayoría de estas denuncias fueron archivadas, lo que sugiere que, en numerosos casos, los periodistas denunciados habrían ejercido su labor sin incurrir en conductas sancionables.
La metamorfosis del «Tigre»
Como buen político en campaña, Abelardo De la Espriella ha evidenciado un notable cambio en su discurso público. En años anteriores, se declaraba abiertamente ateo, argumentando que no creía en nada que la razón no pudiera explicar.
Hoy su imagen contrasta radicalmente con ese pasado: afirma levantarse diariamente a las cinco de la mañana para orar y ha sido visto protagonizando episodios de profunda emotividad en espacios religiosos, incluso entre lágrimas. Este giro espiritual ha coincidido con el respaldo de influyentes líderes cristianos y megaiglesias, como el pastor Miguel Arrázola, líder de la iglesia Ríos de Vida en Cartagena, así como figuras como John Milton Rodríguez y el entorno del Centro Misionero Bethesda.

Más allá de esta oportuna metamorfosis religiosa cristiana y de su cuestionado pasado como abogado de paramilitares y de miembros vinculados al régimen de Maduro, hay otro elemento que ha llamado particularmente mi atención en torno a su candidatura —más allá de la presunta falsedad de firmas que habrían avalado su inscripción— el intento de reivindicar el legado del partido Salvación Nacional.

Las generaciones jóvenes en Colombia no alcanzamos a conocer en la vida pública al caudillo conservador Álvaro Gómez Hurtado. Es por ello que traigo a colación este breve relato. Me tomé el trabajo de leer y escuchar al tres veces candidato presidencial conservador y destacado senador de la República, y a partir de ello he concluido que resulta, cuando menos, deleznable que la memoria y el legado político de Álvaro Gómez sean invocados por alguien como Abelardo De la Espriella.
Álvaro Gómez Hurtado fue un abogado, periodista, pensador y líder conservador, hijo del expresidente Laureano Gómez Castro, cuya herencia política marcó profundamente su trayectoria.

Formado entre Colombia y Europa, combinó el ejercicio del periodismo —especialmente en el diario El Siglo— con una intensa vida política como congresista y candidato presidencial. Fundó el movimiento de Salvación Nacional como una respuesta a la crisis del sistema político tradicional y como un intento de impulsar una renovación institucional basada en el orden, el pensamiento crítico y la lucha contra el comunismo desde una perspectiva ideológica sólida.
Fue un defensor del debate de ideas, crítico tanto de sus adversarios como de su propio partido, impulsor de reformas democráticas como la elección popular de alcaldes y figura clave en la Asamblea Constituyente de 1991. También fue objeto de fuertes críticas su respaldo de ciertas políticas violentas como la ofensiva contra Marquetalia y las llamadas “repúblicas independientes” es señalado como un factor que, lejos de debilitar la insurgencia, contribuyó a su expansión en Colombia.
Tanto Abelardo de la Espriella como Álvaro Gómez Hurtado se han declarado opositores directos de corrientes políticas como el comunismo. Empero, mientras Gómez Hurtado evidenciaba un profundo conocimiento de la historia y de la política internacional de su época, De la Espriella tiende a recurrir a explicaciones más simplificadas y de carácter populista.
Basta con escuchar la capacidad argumentativa y la forma en que ambas figuras políticas abordan la historia para comprender la magnitud de la diferencia en su talante político.
En este sentido, estos nuevos “outsiders” de la política parecen moverse en una frontera difusa entre la influencia digital y la acción política, donde no son más que influencers y personas con poder que buscan convertirse en políticos. Sus motivaciones y forma de hacer política difieren de manera sustancial de aquellas que caracterizaron a figuras como Luis Carlos Galán o el propio Gómez Hurtado.
Es lamentable el decaimiento de la capacidad argumentativa y de las propuestas ofrecen algunos partidos políticos tradicionales. Otra muestra de ello es el caso del influencer “Pechy player”, un creador de contenido barranquillero jocoso y vulgar en sus redes sociales, que terminó como candidato al senado por el partido conservador para atraer votos de la manera más mezquina, el influencer se terminó quemando en las elecciones, y ahora posa junto a la campaña de Abelardo.
A este deplorable nivel ha llegado la política colombiana.
Estas nuevas figuras carecen de una verdadera vocación por el ejercicio riguroso de la política, entendida en su dimensión programática y doctrinal. En su lugar, se apoyan en discursos de corte populista y en alianzas estratégicas con actores tradicionales de influencia, como líderes religiosos e influenciadores digitales. Es alarmante, aunque no sorprendente, el alcance de estos discursos simplificados, cuya eficacia radica en su capacidad de conectar con audiencias que buscan, ante todo, escuchar aquello que confirma sus propias convicciones.
La campaña de Abelardo De la Espriella recogió las banderas de un partido que años atrás buscó aportar nuevas perspectivas para enriquecer la política colombiana.
Pero esta vez ya no proponen ni enriquecen la conversación, solo la simplifican y la empobrecen.