El comportamiento del electorado juvenil en el panorama político colombiano contemporáneo presenta una curiosa paradoja: aunque los niveles de participación electoral entre los jóvenes han aumentado progresivamente, este fenómeno no necesariamente se ha traducido en una comprensión más crítica y rigurosa de los discursos políticos ni de las figuras que los encarnan y difunden.
Cada vez hay más jóvenes interesados en participar en las discusiones sobre la política del país. Las encuestas, microdatos y comportamientos recientes en redes sociales así lo demuestran. Los jóvenes participan más en las conversaciones, consumen contenido digital constantemente y se han convertido en protagonistas de buena parte del debate público en internet. La discusión dejó de estar únicamente en los periódicos y debates televisivos; ahora aparece en transmisiones en vivo, clips de TikTok, historias de Instagram y streams en plataformas como Twitch o Kick.
La plaza pública se volvió digital, y los políticos lo saben.
Para bien y para mal, las plataformas digitales se consolidaron como una herramienta inigualable para divulgar hechos y opiniones. La rigurosidad y claridad de esos contenidos, sin embargo, es lo que realmente debería estar en discusión debido al enorme alcance que poseen.
El ejemplo más evidente de este fenómeno ocurrió recientemente cuando dos de las figuras políticas más influyentes y opuestas del país, Gustavo Petro y Álvaro Uribe, participaron en entrevistas online con el influencer conocido como Westcol, uno de los streamers más vistos y polémicos de Colombia y América Latina. El hecho es histórico. Habla de cómo la política entendió que hoy gran parte de la atención juvenil ya no se encuentra en los medios tradicionales, sino en las plataformas digitales.
Que un influencer intente acercar la política a públicos jóvenes entrevistando sectores políticos completamente distintos puede verse como algo plausible. El problema aparece cuando muchos terminan conformándose únicamente con eso; cuando la política se resume al clip viral, a la reacción del streamer o al resumen simplificado que aparece en redes sociales.
Una entrevista en Twitch jamás reemplazará el análisis mesurado y crítico que requiere el ejercicio democrático.
Así se expresa la paradoja. Aunque los datos demuestran un mayor interés y participación política juvenil, aún no se mide con suficiente rigor la manera en que ese interés se forma y se alimenta. Muchos jóvenes están construyendo sus opiniones políticas a partir de contenidos excesivamente simplificados, descontextualizados o diseñados más para generar emociones que para informar.
He notado la constante divulgación de videos hechos con inteligencia artificial, publicaciones amarillistas sin fuentes claras o cuentas que se presentan como “periodísticas” mientras reducen conversaciones complejas a frases fáciles de consumir y repetir.
Las redes sociales nos están acostumbrando a consumir política como si fuera entretenimiento. Basta con escuchar al creador de contenido de preferencia confirmando aquello que ya se piensa, compartir publicaciones que apelan a las emociones y rechazar automáticamente cualquier información que contradiga la visión del mundo que se tenga.
Los algoritmos funcionan como una burbuja ideológica.
Esto ocurre también en adultos, pero me sorprende especialmente verlo en jóvenes de mi generación, incluso en colegas que se están formando en oficios tan exigentes como el periodismo.
Me resulta inquietante ver aspirantes a un oficio basado en la investigación, la rigurosidad y la defensa de la libertad de prensa apoyando acríticamente proyectos políticos y figuras públicas que han demostrado poco interés y respeto por el periodismo como contrapoder.
Cada ciudadano es libre de construir sus posiciones políticas. El problema aparece cuando se deja de investigar por cuenta propia y se delega el criterio a creadores de contenido tendenciosos, modas digitales o figuras mediáticas que terminan funcionando como intérpretes absolutos de la realidad.
La democracia necesita ciudadanos críticos, no consumidores pasivos.
Tenemos entonces una gran cantidad de jóvenes que conocen al detalle las últimas polémicas y chismorreos de internet, pero desconocen quiénes los gobiernan y cómo lo hacen. Jóvenes interesados en escuchar los últimos escándalos sacados de TikTok, pero incapaces de escuchar una entrevista de diez minutos a un candidato presidencial.
Según un estudio de la Universidad de California, un ciudadano promedio es capaz de mantener su atención durante apenas dos minutos y medio, y lamentablemente esa capacidad se ha reducido hasta los 47 segundos.
Los números son preocupantes. Y aunque muchos medios de comunicación hacen su mejor esfuerzo por adaptarse a esta dificilísima realidad, gran parte de la ciudadanía no parece demostrar una verdadera intención de cambio. La forma de hacer y entender la política se está diluyendo demasiado rápido entre estilos de contenido vacíos, discursos simplistas y rudimentarios videos elaborados con inteligencia artificial.
Nos corresponde a nosotros, a las generaciones más jóvenes, asumir con responsabilidad el deber de usar estas nuevas herramientas digitales para acceder más rápido a la información, hacer análisis con transparencia y aportarle a la democracia desde un ejercicio riguroso y autocrítico, desde la disposición de hablar con quien piensa diferente.
Contamos con un sinfín de plataformas digitales, medios que se reinventan cada día y figuras del periodismo que enriquecen la conversación desde el profesionalismo, el conocimiento y el respeto. No existe excusa alguna para sostener la idea de que no tenemos las herramientas suficientes para informarnos y ejercer un sufragio responsable.