«Todo lo que hacemos todo el tiempo es político». Con esta premisa, la licenciada Daniela Solarte analizó cómo el cuerpo femenino sigue siendo un territorio en disputa y el blanco más silencioso del machismo estructural en Colombia, durante su participación en el podcast Mujeres sin filtro 2.0 en la Fundación Universitaria de Popayán. A través de un enfoque tanto académico como vivencial, la invitada tejió un puente entre la memoria histórica y los desafíos de una generación de mujeres jóvenes que hoy se niegan a negociar su existencia.

pie de foto: Danna Garcés.
El detonante: una blusa azul y mil miradas
Ese día, Daniela Solarte llegó al estudio del podcast con una blusa azul corta. Una prenda sencilla, de tela delgada, que dejaba ver sus brazos tatuados y un fragmento de su abdomen. Nada extraordinario para quien la conoce. Pero en el contexto de lo que vendría a decir, ese detalle (esa blusa) se convirtió en el símbolo más preciso del tema que íbamos a debatir.
Daniela no lo trajo como objeto planeado. Lo trajo puesto y al hacerlo, sin saberlo o sabiéndolo muy bien, activó exactamente la tensión que el feminismo lleva décadas nombrando: el cuerpo de la mujer como territorio en disputa, como superficie sobre la cual otros como la familia, la calle, el Estado… creen tener derecho a opinar.
«Mientras yo salga a la calle y alguien me mire, o alguien me diga algo por la forma en la que yo me visto… tendremos que hablar de feminismo», dijo Daniela durante la entrevista. Y en ese momento, la blusa azul dejó de ser solo ropa. Se volvió argumento, manifiesto, prueba.
El núcleo político: cuando vestirse es tomar posición

Pie de foto: Camilo Henao
Daniela es licenciada en Literatura y Lengua Castellana, pero su forma de habitar el feminismo no nace de los libros sino de la vida. Creció en Pitalito, estudió en Popayán, y aprendió como la mayoría de las mujeres en Colombia que existir en un cuerpo femenino implica una negociación constante con el entorno: qué tan corta puede ser la falda, qué tan alto el tono de voz, qué tan firme la opinión.
Cuando le preguntamos qué significa para ella hablar de lo político, respondió sin dudar: «Todo lo que hacemos todo el tiempo y la forma en la que pensamos y actuamos es político. Que yo me tome un vaso de Coca-Cola por la mañana y no un café, es un acto político; que yo haya venido aquí en bicicleta y no en el carro de mi papá, es un acto político.» La blusa, entonces, no es la excepción. Es el ejemplo más cercano.
Este posicionamiento conecta con una de las problemáticas más persistentes del machismo estructural en Colombia: el control sobre el cuerpo femenino como mecanismo de poder. No se trata únicamente de violencia física, sino de algo más silencioso y cotidiano: la mirada que juzga, el comentario que cuestiona, la norma no escrita que dicta cómo debe verse una mujer para ser tomada en serio.
«Cuando hablamos del machismo estructural, no estamos hablando de que un tipo me dijo algo explicó Daniela, sino de cómo el sistema ha estado estructurado para ser machista.» Esa estructura está en la escuela, en la familia, en el lenguaje. Y también en la calle, cuando alguien le hace un comentario a una mujer sobre su ropa.
Daniela representa a una generación de mujeres jóvenes que se niegan a negociar su existencia. Que entienden que ocupar un espacio, un estudio de podcast, un aula universitaria, un espacio público con una blusa corta y una opinión firme, es en sí mismo un acto de transformación social. Que el feminismo no es una teoría abstracta sino algo que se vive en el cuerpo, todos los días.
En el podcast también habló del papel de las mujeres en la construcción de paz: «Las mujeres tienen un rol muy importante en estos papeles de liderazgo, porque en realidad hay muchas mujeres que construyen la memoria social de sus comunidades, que son mediadoras de paz, constructoras de la memoria de sus lugares.» Ese liderazgo, sin embargo, no ha sido gratuito ni sencillo. Ha costado siglos de lucha.
Uno de los datos más contundentes que compartió fue sobre la participación política femenina: «Ahorita en el Congreso y en el Senado hay un 29% más de participación de mujeres en espacios públicos que en gobiernos anteriores. Sin embargo, aún no es equitativo. No estamos hablando de un 50% y un 50%.» El avance existe, pero la brecha persiste».
El feminismo no termina, se hereda

Pie de foto: Danna Garcès
Al final de la conversación, Daniela habló de su bisabuela, que pudo votar a los 60 años, cuando ya le quedaba poco tiempo de vida. Ella, en cambio, votó por primera vez a los 18. Esa diferencia, esa distancia entre dos cuerpos de mujeres del mismo país, pero con diferentes oportunidades, es la medida exacta de lo que ha costado la lucha feminista en Colombia.
«El feminismo es algo inagotable, dijo antes de despedirse: No es algo que vaya a terminar en algún punto, porque mientras siga existiendo el machismo estructural, siempre vamos a tener que hablar de feminismo.»
La blusa azul corta de Daniela Solarte no es una provocación, es una declaración. La declaración de una mujer joven de 23 años que decidió, desde Pitalito hasta tener la oportunidad de estudiar en la Universidad del Cauca, que su cuerpo le pertenece a ella y a nadie más. Que sus ideas son tan válidas como las de cualquier persona en esa mesa. Que hablar de feminismo, vestirse como una quiere y entrar a un espacio con voz propia, son formas de hacer política.
Y mientras haya mujeres como ella dispuestas a ocupar esos espacios con blusa corta, con opinión y con historia, el feminismo no solo sobrevivirá. Avanzará.

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