El objeto que carga una historia
Andrés llegó al estudio con las manos ocupadas. En una, un micrófono viejo el primero que tuvo cuando comenzó a cantar, ese adminículo de metal que alguna vez amplificó su voz inexperta frente a un barrio que todavía no lo escuchaba. En la otra, dos objetos que no anunció en la invitación pero que resultaron ser los más reveladores de la tarde, un disco póstumo y una púa de bajo.

Créditos a: Camilo Henao. Entrevista a Andres Quiñones
La púa pequeña, metálica, probablemente de cobre, diseñada para rasgar las cuerdas gruesas del bajo la llevaba con él desde 2016. Se la regaló Carlos Andrés Rico, músico, amigo, hermano de parche, quien falleció en 2017 y cuya memoria Andrés carga con la misma delicadeza con que cuida ese fragmento de metal.
La guardo con mucho cariño. Lo tengo muy presente a pesar del tiempo que pasa , le reconozco en cada espacio que pueda«
Andres Quiñones
Esa púa no es solo un recuerdo. Es la explicación de por qué Andrés toca el bajo, por qué canta, por qué hace parte de Malatesta. Fue Rico quien lo invitó a sumarse a una banda que entonces no tenía nombre y que necesitaba un bajista. Andrés tenía un bajo que casi no sabía tocar.

Créditos a: Juan Andres. Entrevista a Andres Quiñones.
Malatesta, ska, historia y la política de no callarse.
Malatesta no es una banda de moda. Lleva su nombre desde 2018, aunque sus raíces se hunden antes del 2014, en proyectos anteriores que ya buscaban lo mismo, música con sentido social, ritmo que no pida disculpas por tener letra. El género es ska una herencia jamaiquina de los años 50 y 60, nacida en pleno proceso de independencia de la isla.
«El ska está muy asociado a esa música enérgica, alegre, pero también con un amplio sentido social»
Y traza una genealogía que no es académica sino militante, cuando en los años 70 el movimiento Two Tone emerge en el Reino Unido, jóvenes vulnerables de los barrios populares adoptan el ska porque ya cargaba esa energía de resistencia.
«Hacen que esa música mantenga su componente fiestero, pero ahora con un sentido social. Eso marca un hito.»
Malatesta, en Popayán, no es ajeno a esa historia. Es parte de ella.

Brindada por: Andres Quiñones. Presentación con Malatesta.
Las canciones de la banda lo confirman. La Rutina, Señor Macana y TV Crack son tres puertas de entrada a un mismo territorio: la crítica social desde el arte. Señor Macana, en particular, es una pieza que evidencia la represión policial y convoca la resistencia. No es casualidad que durante el estallido social de 2021 en Colombia, la banda estuviera presente en espacios culturales que florecieron entre las movilizaciones. No como protagonistas del evento histórico Andrés reconoce que en ese momento no estaba vinculado directamente a la agrupación sino como músicos que estuvieron atentos, que apoyaron logísticamente, que no miraron desde lejos.
¿A qué violencias responde Malatesta? A las que se nombran en la letra de una canción cuando el Estado no da respuestas. A la ausencia de catarsis colectiva que, según Andrés, el rock y sus variantes llenan con una función casi terapéutica.
«La música permite tener espacios de catarsis, de mostrar esas emociones que suelen ser más intensas, más fuertes. Y es una manera bien encaminada de darles manejo.»
No lo dice como slogan. Lo dice como alguien que aprendió a tocar el bajo porque un amigo le dio la oportunidad y ese amigo ya no está.
Andrés comenzó su camino de manera empírica, videos de YouTube, tutoriales, parches en las aceras con guitarra en mano. Sin academia, sin método formal. «Yo sé que si hubiera ingresado a una academia habría aprendido mejor las cosas»,admite con honestidad descarnada, pero también con la tranquilidad de quien sabe que lo que perdió en técnica lo ganó en experiencia de barrio. Ese aprendizaje situado en la calle, entre amigos, con el bajo de un muerto como herencia es también una forma de política. No toda la educación cabe en un salón.

Brindada por: Andres Quiñones. Presentación con Malatesta
Influenciado por Extremoduro, Manu Chao y Cultura Profética, Andrés fusiona géneros hip-hop, funk, reggae, ska no como ejercicio ecléctico sino como estrategia de alcance. Malatesta no quiere predicarle solo a quienes ya están convencidos. Quiere que la canción funcione en la rumba y también en la protesta. «Sería contraproducente casarse solo con el sentido social y descuidar todos los otros elementos», advierte. Hay una inteligencia política en esa búsqueda de equilibrio: la que sabe que el mensaje llega más lejos cuando el ritmo no aburre.
Lo que queda después del ruido.
Cuando le preguntaron qué significa hoy seguir haciendo rock en Colombia, Andrés no respondió con grandilocuencia. Respondió con historia. Habló de ciclos, de cómo la música popular siempre ha encontrado su forma de reflejar la realidad que la rodea. Habló de reinventarse.
«En la medida en que exista esa búsqueda de sinergia y de innovación, uno va a poder sacar cosas que no se encasillen tanto y que puedan llamar la atención en momentos donde todo parezca estancado.»
Hay algo en esa frase que trasciende la música. En un país donde los procesos comunitarios suelen ser aplastados por la fatiga o el olvido, la apuesta de Malatesta es la de mantenerse vivo, pertinente, sin radicalizarse hasta el punto de perder interlocutores.
«Mantenerse en equilibrio, pero con una afinación ideológica», dice Andrés, como si balancear esas dos tensiones fuera el oficio más honesto que conoce.La púa de cobre sigue en su bolsillo. No es un talismán ni una reliquia o tal vez sí, pero sobre todo es una brújula. Le recuerda de dónde viene este camino, de una acera, de un amigo que ya no está, de un bajo que aprendió a tocar sin manual. Le recuerda que el arte que transforma no siempre nace en los escenarios grandes. A veces nace en el parche, en la pérdida, en la decisión de decir que sí cuando alguien te abre una puerta.
Malatesta lleva menos de una década de vida formal, pero carga una historia más larga. Y mientras el ska jamaiquino siga siendo sinónimo de independencia y las calles colombianas sigan necesitando canciones que las nombren, la banda de Andrés tendrá trabajo. Ese es el impacto comunitario más difícil de medir y el más real de todos: el de la música que convierte el duelo en ritmo y el barrio en territorio de resistencia.
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